ALGO FALLA en el puente de mando europeo cuando el hecho de que el Reino Unido haya decidido dejar la UE se llega a considerar como un acontecimiento afortunado que permitirá dar un nuevo impulso al proyecto común. Ni Rusia, ni Turquía, ni la bomba demográfica norteafricana, ni el derrumbe demográfico europeo, ni el populismo, ni la falta de crecimiento, ni la tentación aislacionista de EEUU, ni eso que Ortega denominó la «sacudida del gran magma islámico» han servido para que la Unión Europea se decida a hacerse cargo de su propio destino en la última década. Pero, al parecer, lo de Londres sí ofrece expectativas inmejorables.

Aun descontando la urgencia por salir del paso de quienes se han sentido sobrepasados por los acontecimientos, no es fácil de entender que se diga que el Brexit, más que un problema, es una bendición para Europa. Porque el Reino Unido no era el problema de Europa. Porque, ahora, no sólo la dimensión comunitaria es menor, sino que su adaptación al contexto mundial ha de producirse con Londres fuera. Y porque los que se quedan parecen haber decidido establecer como prioridad la de hostilizar al que se marcha y apoyar en esa acometida el futuro de todos. Lo que significa que el Reino Unido no sólo estará fuera sino que probablemente también estará en contra, y estará más cerca de EEUU. Si todo eso forma una gran oportunidad, no parece que lo vaya a ser de nada bueno. Y no parece una visión suficientemente enfocada la que lleva a pretender hacer de eso la base de un nuevo impulso europeísta constructivo y duradero.

El proyecto europeo nació por la enseñanza de los desastres que producen las políticas de agitación de antagonismos, aun cuando puedan parecer rentables en el corto plazo. Por eso, precisamente, hay que advertir sobre ellas. Por supuesto que hay abierto un legítimo debate de intereses que proteger en el Brexit, pero existe un punto de nacionalismo europeo en algunas de las cosas que se escriben y que se dicen que debería llevar de inmediato a la reflexión de todos.

De entre los motivos de fondo para revisar y fortalecer el proceso de integración europea, la hostilidad sobrevenida hacia el Reino Unido no es el de mayor rendimiento práctico; ni el de mejor calidad política; ni el de más clara coherencia histórica y cultural; ni el de mejor virtud cívica; ni el de más nítida inteligencia estratégica; ni, desde luego, el de mayor capacidad movilizadora a favor del europeísmo. Cuesta pensar que a la pregunta de «¿por qué la Unión Europea?», la respuesta que un europeo medio pueda pronunciar con convicción sea «porque hay que hacer frente al Reino Unido».

Si la nueva relación con Londres ha de consistir en sustituir el acervo comunitario por el acerbo comunitario, Europa perderá no sólo su relación con un aliado indispensable, sino parte de su propia razón de ser histórica, algo que viene ocurriéndole desde 2003 y que tiene una relación directa con el Brexit. Se debilitará y se fracturará aún más.

En ese año coincidieron la quiebra del Pacto de Estabilidad y Crecimiento; la ruptura del Tratado de Niza y su incomprensible sustitución por un proyecto constituyente europeo abocado al fracaso; y, finalmente, una severa erosión del vínculo atlántico, con reiterada exhibición de coqueteo de algunos líderes europeos con Putin incluido… Y ahora estos lodos.

Ninguna de estas rupturas estratégicas del proyecto europeo tal y como había sido pactado entre los socios tuvo como responsable al Reino Unido. Y cualquiera que tenga presente la relación de ese país con la Unión a lo largo de los años, reconocerá como especialmente hirientes para la versión británica del europeísmo cada uno de estos sucesos.

En 2003 se inició una deriva continental que no sólo ha ido apartando al Reino Unido del proyecto europeo, sino que ha ido apartando también a las opiniones públicas de los Estados que aún permanecen dentro de él, porque no se percibe ni el sentido ni el beneficio de lo que se busca. Ralentizar las reformas económicas que el euro necesita, quebrar el vínculo atlántico y forzar la base nacional y estatal del proceso de integración europea a favor de una imposible constitución europea carente de soporte sociológico, son opciones de fondo que tienen consecuencias graves: reacción populista, con la nación o con la clase como protagonistas, en ambos casos conceptos reelaborados para dividir y excluir; y en ambos casos, los conceptos de base sobre los que se produjo el gran desastre europeo.

El Brexit no se ha producido en coincidencia con un momento de plenitud europeísta, sino con un momento de deriva continental que ha apartado al proyecto europeo de su propia historia, de sus propios propósitos y de sus propios intereses. Y que, al hacerlo, ha alimentado el populismo.

Europa no puede juzgar con ponderación el Brexit si no se juzga también a sí misma. Porque de una Europa a la deriva es de donde se ha marchado el Reino Unido, y ojalá no lo hubiera hecho. Y de ahí es también de donde se están marchando, por millones, los europeos que están siendo llamados a las urnas en cada país, incluida España, y ojalá no lo sigan haciendo. Pero la reacción política ante el Brexit no está abriendo ningún camino transitable al proyecto europeo realmente posible, y está por definir cuál será la aportación del nuevo presidente francés y qué le permitirá hacer o no el novísimo escenario político del que es beneficiario pero que aún está muy lejos de liderar. Se parte del mismo error que persiste desde hace casi quince años: no revisar críticamente la deriva continental que se produjo alrededor del año 2003.

No hay en el Brexit potencia integradora alguna que pueda desbloquear los problemas de fondo que sufre la Unión desde hace años. No hay en esa decisión mensaje alguno que las opiniones públicas del resto de la UE puedan recibir de manera clara y que las mueva a apoyar una integración mayor en ninguno de los aspectos principales del proyecto europeo. Si la salida del Reino Unido es una oportunidad inmejorable para relanzar la Unión, ¿por qué no se reconoce al menos el estancamiento que justifica el relanzamiento? ¿Por qué no se aborda públicamente su gravedad y sus causas, más allá del reciente intento de la Comisión? Y, finalmente, ¿por qué no se establece luego una relación argumental comprensible entre los problemas detectados y las soluciones requeridas? El Brexit no es una afortunada ocasión para Europa, sino un problema grave y un síntoma de un deterioro profundo. Insistir en lo contrario podría llegar a convertirlo en su tragedia.

 

Artículo publicado en el periódico El Mundo